UBER se va de Colombia

En 2015, cuando mi hija no había cumplido los tres años comencé a usar UBER.

Yo había sido usuario del servicio de taxi desde que llegué a Bogotá en 1994 y debo decir que durante los primeros 20 años había tenido muy pocos problemas con el servicio. Sin embargo desde que mi hija nació, usar taxi se convirtió en una pesadilla, los carros no me recogían cuando veían que llevaba un coche, una pañalera y una niña en brazos.

Recuerdo todavía el día exacto en que descubrí UBER y tomé la decisión de convertirme en usuario, fue en Noviembre de 2015. Ese día mi hija se había enfermado y tenía fiebre leve (como dice mi esposa, temperatura), yo era papá primerizo y cualquier condición anormal era motivo de alarma. Alexandra (mi esposa) y yo la habíamos llevado a una cita médica en la calle 122 con Autopista Norte y para completar el drama estaba lloviendo.

Como es lógico, queríamos regresar lo más rápido posible a nuestra casa para proteger a la niña del clima y darle el tratamiento que el médico nos había indicado, pero para una familia con bebé recién nacida, coche y pañalera conseguir un taxi es casi como jugar la lotería. Aunque muchos taxis pasaban vacíos por la esquina en la que intentabamos cubrirnos del agua, ninguno nos recogía.

Finalmente, después de más de veinte minutos intentando conseguir transporte sin éxito, un vehículo particular se detuvo y me hizo señas para que me acercara. Yo estaba desesperado, mojándome y con una niña enferma debajo de una llovizna que parecía que no iba a terminar, así que me acerqué. Rápidamente le expliqué la situación, le conté que mi hija estaba enferma y que ningún taxi quería recogerme. El señor me contó que el trabajaba en un conocido hotel de la ciudad y que su trabajo consistía en llevar huéspedes del hotel al aeropuerto, acababa de dejar un cliente y se dirigía de regreso al hotel. Me ofreció llevarnos a la casa por la misma tarifa que yo pagaría en un taxi y yo sin dudarlo, acepté.

Por el camino, nos fuimos conversando sobre su trabajo y me contó sobre el servicio de UBER. Era la primera vez que yo escuchaba nombrar la empresa. Me explicó como se pedía el servicio y agregó que el vehículo que me recogiera no se iba a negar a llevarme a mi destino. Recuerdo que le dije que seguramente ese servicio era muy costoso y que yo seguramente no iba a poder pagarlo, pero el me explicó que algunas veces el valor era inclusive menor al de una carrera de taxi.

Al llegar a mi casa descargué la aplicación en mi celular, ingresé mis datos de pago y comencé a usar UBER con mucha frecuencia. Nunca me arrepentí, creo que nunca voy a dejar de usar este tipo de aplicaciones que solo tienen puntos positivos sobre los taxis. Ninguna de las razones que me han dado para justificar los taxis sobre los vehículos particulares me ha convencido. En UBER me siento seguro, en un taxi NO. Los taxis no me dan ninguna garantía, dependo de la honestidad de un conductor que no conozco y que muchas veces no coincide con la foto del tarjetón de precios para cobrarme la tarifa de mi viaje y si siento que me está cobrando de más, nada me proteje de sus abusos. NUNCA un taxi me devolvió un centavo al quejarme por un mal servicio, NUNCA un taxista recibió un castigo por tratarme mal a mi, a mi esposa o a mi hija y NUNCA tuve la certeza de que el valor que cancelé por mi viaje fue el correcto.

Es verdad, el sistema de UBER no es perfecto, pero siempre mejora, a diferencia de el servicio de taxis en Bogotá que cada día es peor. Con más frecuencia veo a los taxistas estacionar y decirle a los usuarios frases como «voy para el norte, ¿le sirve?» o «si me toca dejar en el camino a alguien le cobro dos carreras» o el más famoso de todos «yo por allá no voy». Los taxistas nunca han hecho nada por mejorar el servicio, pero han exigido que se les privilegie su monopolio y lo han logrado a través del famoso «lobby» y las «donaciones de campaña» que no son otra cosa que sobornos que la ley nunca se ha encargado de regular. La decisión sobre UBER fue el regalo de Navidad que entregó el Presidente Duque a los taxistas como pago por no haber apoyado el paro nacional en el que los colombianos exigieron precisamente acabar con la corrupción. Es una demostración de que en Colombia es mejor pertenecer a una mafia que a la gente de bien, porque los políticos tienen suficiente poder en sus manos para callar a 5’000.000 de ciudadanos y privilegiar 60.000 taxistas que en realidad no son tantos, porque más de la mitad de ellos son personas que trabajan «alquilando» el vehículo a los grandes capos de la mafia amarilla de Bogotá.

Usted ¿tiene alguna historia sobre UBER que quiera compartir conmigo?, yo voy a extrañar mucho el servicio.

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